Transcurridas décadas de mi fallecimiento oficial pero insepulto e incorrupto y esto por causa del maleficio que en mí había obrado, a modo de grimorio, el opúsculo de un hechicero al que sus adeptos llamaron Lenin. Y así me encuentro como el judío errante, transportado sonámbulo por corrientes del magnetismo terrestre sin poner yo en ello voluntad. En esta ocasión fui como depositado por la mano del destino en una ciudad portuaria de bella y recogida bahía, a la que los naturales llaman Ría, guardada por un archipiélago y una península. Esa ciudad tenía por leyenda " Vigo, de Salitre y Metal , mención a su fúlgido lumbrón metalúrgico y a la salazón de su industria. De sus islas custodias, a las que denominaban Cíes, me llegarían noticias por un ojo Polifemo escrutador, quien desde la altura de sus acantilados del Oeste y a través del retrovisor de la historia iría debullando. Quede para más adelante el encuentro entre el Renegado Kautsky y el Espía de las Islas Cíes.
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